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Cracolandia.
Publicado por: Juan Pelayo Jimenez // 04-07-2013
Juan Pelayo Jimenez
Un lugar intermedio entre Pedro Juan Caballero y Ponta Pora, donde no existe más ley que el código de la muerte. A veces con la punzante y certera violencia de un estoque; otras más, con la lenta agonía de la sangre envenenada.

 Zona invadida por viciados y enfermos, menesterosos y delincuentes de poca monta, sumados a adolescente prostitutas en prematura decadencia.

El término de este tumor social proviene del  crac. El residuo, la escoria que queda de la adulteración que se hace a otras drogas más “nobles”, para aumentar su peso. Anteriormente, el crac no era comerciable, era desechado por sus letales efectos sobre el organismo humano. Por que se  mezcla con las peores sustancias y por  los estragos que causa en poco tiempo en varios órganos, y sobre en el cerebro, que inutiliza en tiempo breve al “cliente”.

Pero, comercio al fin, cuando el consumo de la droga fue en auge, los narcotraficantes sacaron provecho de esta sustancia, para cubrir la demanda de un amplísimo mercado, constituido por la clase miserable de consumidores de droga.

 Entonces, el crac se convirtió en el más rentable negocio de la periferia.

La invasión del mal, hoy  ganó una gran batalla. Ha tomado el territorio de nuestros entusiastas jóvenes que van a deleitarse con el skate, en el predio de la Gobernación.

Como cualquier cáncer doméstico, Cracolandia  tuvo su metástasis. La sociedad pedrojuanina fracasó  en todos los tratamientos que le hizo, y el mal se diseminó en otros puntos de la ciudad.

Hoy, sobre las narices de la Jefatura de Policía se habilitó un nuevo expendio de drogas. En plena sede de la Gobernación del Amambay, en la pista de patinaje y skate, una de las obras emblemáticas del actual Presidente de la Cámara de Diputados, Ancho Ramírez.

Ante la impotencia de la sociedad. Ante los ojos incrédulos de los padres de estos chicos, que encogieron sus pistas, y frenaron sus piruetas aéreas, para dar paso a los flamantes dueños del pedazo.

Una zona liberada para el antro y la perversión. Ganada, pero con tanta facilidad, por los osados “cracqueros” a la indiferente sociedad pedrojuanina.

Indiferencia. La trampa perfecta donde sucumben, ahogadas en su red, la moral y las buenas costumbres.

Indiferencia. La refinada escuela donde se enseña en escala ascendente, todos los vicios,  del delito al crimen.

Juan Pelayo Jiménez.

 


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